25 de julio de 2008

Gobiernos ricos, Pueblos míseros. Politica sin Moral.

Gobiernos ricos, Pueblos míseros. Politica sin Moral.
Por Víctor R. Azuaje.

“El gobierno popular no pertenece a los hombres instruidos y de intachable conducta, sino a los ignorantes y perdidos.”Aristófanes, “Los caballeros”


Uno de los grandes problemas que tiene la democracia moderna es la falsa riqueza o suntuosidad de los gobiernos, entre mas ricos sean mas corruptos son, por ejemplo los gobiernos venezolanos siempre han sido ricos desde que se inauguro la democracia popular del 61 en adelante, ya que por ejemplo un Marcos Pérez Jiménez no contaba con las grandes sumas que proporciono el petróleo al presupuesto nacional, de hecho el gobierno del General contaba cuando inicio con un presupuesto ridículo y cuando termino dejo un país de los mas ricos del continente, pero eso ya seria otro tema.

En el 98 inicio la era de uno de los gobiernos más populares que ha tenido Venezuela, claro, populares en el sentido que les da Aristofanes, pues no creo que haya tenido Venezuela gobernantes más ignorantes y perdidos que los que les ha dado la revolución socialista-bolivariana, El Gral. Gómez era un analfabeta literalmente, pero su gobierno fue uno de los mejores que tuvo Venezuela en el siglo pasado y no se andaba con las bobadas de tratar de darse una fachada de “demócrata”, en cambio estos son la democracia popular y revolucionaria en su máxima expresión, corrupción y mal gobierno al limite.

Aristóteles diferencia “riqueza” de “suntuosidad”. Son dos cosas enteramente diferentes. La primera se adquiere por “medios naturales” propios de la economía doméstica, es decir, la explotación de la tierra. La “riqueza” es una riqueza agraria y su explotación (que constituye “un arte noble y honesto”), era pregonada ya por Hesíodo. La “suntuosidad” podría denominarse “falsa riqueza”. Su origen está en “ese deseo insaciable” de acaparamiento de bienes de toda clase. El ejemplo clásico de ambición y suntuosidad es el de Midas, postulado por el propio Aristóteles. Este concepto, “errado”, deriva de considerar al dinero como “riqueza”.

Venezuela es suntuosa hasta el límite, sus bienes se generan del petróleo y casi nunca del trabajo de la tierra el cual fue relegado al olvido para entregarnos a los placeres de la suntuosidad petrolera, esto nos trae como consecuencia que la política se llena de seres despreciables en búsqueda de “riqueza” a costa del Estado, para estos politiqueros no importan los medios si no el fin, el fin es hacerse ricos el medio es la política, esto nos llevo a la Venezuela moderna excesivamente rica y a la vez extremadamente pobre.

La democracia se convirtió en el pretexto para que cualquier ladronzuelo con apoyo de algún medio propagandístico que lo hiciera medianamente popular asaltara el poder y desde allí las rebosantes arcas del Estado las cuales les servirían para convertir en oro todo lo que tocan y así sumergirnos en la falsa riqueza.

Hoy Venezuela esta en crisis porque no generamos verdadera riqueza, una riqueza entendida en el sentido de Aristóteles, riqueza como:“la abundancia de instrumentos domésticos y sociales” lo que él denomina “la economía natural, que se ocupa únicamente de la satisfacción de las necesidades” y cuya base es el trabajo, hoy los venezolanos no son capaces de satisfacer sus necesidades mas mínimas, lo cual representa que la mas pequeña crisis petrolera en el mercado mundial nos va a sumir en el mas intrepidante caos, quizás haciéndonos esclavos de cualquier potencia que se preste a darnos auxilio y así entregando para siempre nuestro futuro.

¿Podemos en gobiernos Populares salir del caos?

Es casi una regla histórica que los gobiernos populares siempre traen al poder a los elementos sociales más pervertidos, La “amoralidad”, ha sido considerada como una de las causas de la decadencia de las sociedades en la antigüedad, y Jenofonte coloca como ejemplo a seguir las «buenas costumbres» de los lacedemonios, y esto hoy en día sigue igual o aun mas recalcitrante gracias al poderoso nihilismo social o al relativismo moral imperante sobre todo en las castas políticas muy marcadas por las escuelas socialistas y liberales esas escuelas para las cuales solo importa la economía.

Y por otro lado esta el pueblo, un pueblo engañado por los excesos al cual se le anima a querer tener demasiado, a que gaste todo lo que tiene en placeres con la promesa de que eso los hará felices, un pueblo que es expropiado por los que gobiernan y endeudado por usureros y especuladores, vivimos en una sociedad donde nadie esta conforme y todos aspiran a lo que el otro tiene, donde se ha perdido el sentido del deber y solo reclamamos derechos, muy parecida a la sociedad griega en su mas fuerte decadencia, una sociedad sin jerarquía y sin orden dada a la esclavitud y caos.

Para cambiar todo eso es necesario reanimar el sentido de lo moral, restaurar los conceptos de lo bueno y lo malo, identificar sin ambigüedades lo malo y rechazarlo y garantes de esta actitud deben ser los políticos los cuales deben ser ejemplos dignos de sacrificio y deber, garantes de la austeridad como forma de gobierno y organizar la sociedad de forma que cada cual tenga garantizados sus necesidades y cumpla sus deberes.

23 de julio de 2008

Pueblos esclavos de las Utopías.


Pueblos esclavos de las Utopías.
Por; Marcelo Escalera

"Solo el que sabe es libre, y mas libre el que mas sabe. Solo la cultura da libertad. No proclaméis libertad de volar, sino dad alas; no la de pensar, sino da pensamientos. La libertad que hay que dar al pueblo es la cultura" Miguel de Unamuno.


Hace tiempo me preguntaba por que hay tantas ideas que son ocultadas a la gente, por que hay tantas personalidades, tantas obras, tantas poesías, tantas novelas que jamás serán estudiadas en un colegio, en una universidad, pero luego reaccione y no pude más que reírme por mi ingenua apreciación, vivimos en un mundo de ilusiones, de promesas y sueños, “Un Mundo Feliz” aunque no tan “feliz” como el de Huxley, aun no estamos allá, aunque quizás no tardemos en llegar pues el hombre va en rápida carrera hacia su esclavitud.

Una esclavitud que se basa en la ignorancia, la política moderna de las democracias pomposas solo se encarga de engañar y no de enseñar, solo basta ir a la Grecia antigua de aquella democracia ateniense y te encontraras en cualquier plaza a un filósofo, a un orador disertando sobre temas de importancia publica solo basta escudriñar la obra de un Demóstenes del que decían; inter omnes unus excellat, para notar la diferencia entre un “político” moderno y un orador antiguo, pero es que las dos grandes fuerzas políticas modernas, por ser las mas influyentes en el siglo pasado: Liberalismo y Marxismo no pasaron en el discurso de prometer utópicos paraísos y en la realidad destruir la cultura de los pueblos.

Hoy en día, siglo XXI tan alabado por muchos, tan ensalzado por los supuestos avances de la tecnología, por tantos y tan grandes logros, sabemos mucho sobre el planeta Marte o sobre la Luna pero los pueblos están siendo embrutecidos, hoy en día tenemos masas de electores que muchas veces ni siquiera saben por que votan o que elijen, es el triunfo de la cantidad sobre la calidad.

Las democracias modernas dan mucha importancia a la cantidad, al menos en apariencia ya que si a la realidad vamos los mayores números en las elecciones siempre están con la abstención, esa enorme masa de personas que se niegan a votar, quizás porque no ven mayor importancia en colocar un papelito en una urna, un papelito que es una opinión indiferenciada, una opinión que se pierde entre miles. Hoy en día lo mismo vale el voto de un ciudadano al de un inmigrante, una persona que no conoce las tradiciones de un país, que no comparte sus visiones, su cultura, puede votar y “decidir” el futuro del país igual que un autóctono de ese país y todo eso se enmarca dentro de lo que el poeta Juan Pablo Vitali decía en uno de sus artículos; La inmigración actual, es la hija prostituta del capitalismo global, de la destrucción de los pueblos y de las naciones, al igual que el regionalismo fragmentario de base puramente económica, y sirviente de los mismos fines.

Toda esta democracia igualitarista, esta enmarcada dentro de esa lógica del supracapitalismo global llámese marxista o liberal que es lo mismo, se necesita mano de obra barata y esa mano de obra barata debe poder votar para así poner en el poder a los que les garantizan su permanencia en el país, los mismos que les dan trabajo a los inmigrantes saquean los recursos naturales de los países de donde ellos provienen, usan esos recursos para crear los productos que luego les venderán a esas masas de votantes. La lógica de la sociedad del consumo es que siempre estén en el poder político gobernantes malos, mediocres, corruptos e ignorantes que no puedan garantizarles un futuro a los ciudadanos de su país para que pueda haber grandes masas de inmigrantes.

La sociedad moderna tiene hoy en día más esclavos que en la edad media, esclavos del consumo, esclavos del salario, esclavos de la ignorancia y así todo funciona bien para el supracapitalismo. En Hispanoamérica nos venden las Utopías socialistas, las cuales crean grandes masas de pobres que se ven en la necesidad de irse de sus países y en Europa les imponen la utopía liberal, la economía del mercado para acoger a esas grandes masas de inmigrantes que colaboren en la destrucción de las culturas Europeas, para el supracapitalismo todo tiene lógica.

Todo se reduce al mercado, no importan culturas, lenguas, religiones solo importa que tengas dinero para comprar y a eso le llaman progreso. No importa tu opinión y pocas veces los gobernantes hacen lo que dijeron que iban hacer en sus campañas y a eso le llaman democracia.

14 de julio de 2008

Mi Homenaje al Joven caído.

Mi Homenaje al Joven caído.
Por: Víctor R. Azuaje.


"Una vida inútil equivale a una muerte prematura." Goethe


Cuantas muertes prematuras hay hoy en día en nuestro mundo, un mundo que no nos cansamos de repetir carece de Belleza, Justicia y Valor, cuantos inútiles se llenan la boca de grandes virtudes cuando en realidad no son mas que muertos en vida. Pero cuantos son los que han muerto y sus muertes significan vida, sus muertes significan más que mil vidas y valen más que la de millones de inútiles.

Douglas Rojas, un joven andino, un joven venezolano, un joven idealista y luchador, no un inútil cualquiera, no un resentido social llenándose la boca de quejas y pesares, sin hacer nada, hoy un muerto, pero no cualquier muerto, alguien que murió luchando por lo creía, muy distinto de lo que se puede decir de muchos, sobretodo en la fauna marxista, esa fauna llena de todo tipo de criaturas bizarras, que aspira a cambiar el mundo destruyendo todo.

Un joven que con su valor, dejara historia, escribe historia y ejemplo, su sangre regara futuras generaciones y su ejemplo mantendrá vivo el espíritu de una nación, de una nación que se olvida de si misma, de su historia y de momentos se vende barata, pero que de tiempo en tiempo despierta ya sea en los versos de un poeta o en la sangre de un joven que se entrega a la lucha, la lucha por salvarnos del fango en que nos encontramos.

Su memoria también pesara sobre todas las ratas de la sucia cañería que hoy en día es la política, no simplemente por los que gobiernan y que con su brutal represión asesinaron a ese joven o que con sus llamados al odio instigaron a que se cometieran tan vil acto de cobardía, no! también pesara como pesa la historia sobre quienes tratan de evadirla, sobre los traidores que en cuartos oscuros pactan acuerdos para mantener a los criminales en la impunidad, sobre aquellos “políticos” que venden su patria por centavos y hasta porque no, sobre aquellos que traicionaron a la juventud venezolana en su pasado intento de cambiar el rumbo del país, aquellos que aun siendo jóvenes se vendieron… por 15 minutos de fama.

Y aun mas esta joven muerte pesara sobre cada venezolano de bien, sobre cada hombre que sufre el día a día, sobre cada familia que cree en un futuro, pero pesara de forma diferente, pesara como ejemplo y símbolo de que cuando el miedo nos domina solo logramos ser cobardes, pero que cuando sabemos sobreponernos y elevarnos con orgullo y valor podemos trascender, siendo ejemplos de lo que podemos ser; héroes! En un mundo que necesita hoy mas que nunca ejemplos de dignidad.

Por mi parte este joven no esta muerto, este joven vive en cada hombre de bien que luche por cambiar su patria, este joven vivirá en el recuerdo de todos aquellos que tengan prohibido olvidar!

Conquistadores.

Conquistadores.

No importa lo que digan
No debe importarnos lo que digan
Las voces aflautadas,
Las voces resentidas.

Bajarán nuestras estatuas,
De los pedestales
No dejarán un solo monumento
Que nos recuerde. No importa
Las cosas deben hacerse
Y para eso, se necesitan hombres.

Pero ya no hay hombres
Sino voces aflautadas, mercaderes
Usureros, y una multitud de resentidos
Entonces la espada, aunque sea de mármol
Genera pánico, odio, esa secreta envidia
Que atraviesa los siglos.

Pero no importa
También está la sangre.
Siempre habrá uno de nosotros
Viendo, oyendo, percibiendo
La salida del sol
La lumbre de la espada
El amor propio del hombre
De pie junto a las ruinas.
Aunque sea
Con astillas de mármol en la piel.

Por eso, siempre hay en algunos,
Un leve temblor sobre los labios.
Siempre queda algo
Del estruendo del acero.
La sombra de un lobo
Que se arrastra
La sombra del águila,
Sobrevolando las alturas
Los antiguos pasos
De las columnas de soldados
Entre la hierba.
Las hogueras nocturnas y la voz
Apagada del amor en el silencio.

La soledad desembarcó su grandeza,
Sobre las playas
Un puñado de hombres,
Lejos del rey
Lejos de todo,
Atravesó la selva y la montaña.

En un sólo un instante, pudieron vencerlos
Las alimañas, Las lluvias, la enfermedad
Y la traición. Pocos llegaron a destino,
Menos aún
Disfrutaron de su esfuerzo.

Pero aún así
Merecerán el odio que merecen los grandes
Los que pasan solos por la historia
Solos con su espada y con sus perros de guerra
Y sus caballos muertos en la primera refriega
Abandonados en la selva cruel y abigarrada.

No importa el odio
No importa ser pocos
No importa la excomunión de los obispos
No importa el asco
No importa el olvido.
No hay fuego que queme
Lo que va por la sangre
En un pequeño número de hombres
En la raza espiritual de la conquista.

Juan Pablo Vitali.

¿Cuál es nuestra identidad?

¿Cuál es nuestra identidad?
Por: Juan Pablo Vitali.

Muy extraño sería, que un griego del siglo de Pericles, o un romano bajo el Imperio de Augusto, se preguntaran sobre su identidad.
Sin caer en tales alturas históricas, podemos decir que nosotros, en este sagrado Sur, tampoco necesitábamos hacernos esa pregunta tiempo atrás, porque lo que nos dio origen, vivía en nosotros muy naturalmente, muy entrañablemente. Teníamos una forma de ser, de pensar, de sentir, un territorio, una clara conciencia del proceso histórico que nos otorgó nuestro destino, y nos imprimió en el alma nuestra cultura.

La conquista, los criollos, la fusión, la mutación cósmica del hombre europeo en la polaridad Sur, en su nueva misión irrenunciable, corría firmemente por nuestras venas.
Todos teníamos una somera idea de cuáles eran nuestros ascendientes más o menos inmediatos; pero no era ése, un tema que nos preocupara demasiado. Nuestro tema era la Patria y nuestro destino común, nuestras luchas, y la defensa de lo que considerábamos justo, y sentíamos como propio.
Siempre supimos sobre la incidencia del imperio anglosajón en nuestro Sur. Siempre supimos que no éramos ni queríamos convertirnos en eso: Una furia mercantil y expoliadora.

Nuestra cultura hospitalaria, pudo sostener la amistad de muchas razas, porque todos participaban de ella, que se mantenía firme en su eje cósmico inmutable. Todos depositaban aquí sus mejores esperanzas, iluminados por la Cruz del Sur, enriqueciéndonos.
El largo camino de Grecia, de Roma y de España, había desembarcado sus estandartes en nuestras playas, y bajo su sombra, cobijó a otras razas del continente. Con el aporte de esa sangre, San Martín libertó esta parte de América del Sur.
El sabio ciclo de la conquista y la fusión, fortaleció a los ejércitos libertadores, que debieron hacerse cargo de nuestro espacio, cuando se disgregó el Imperio Español.
El gaucho, el llanero, el roto, el charro, los hombres del cuchillo, de la guitarra y del caballo, fueron entonces estirpe y arquetipo, nuestros paisanos, nuestra elite guerrera, nuestros caudillos.

Los inmigrantes sucesivos – sobre todo los de las guerras y las hambrunas europeas - sintieron también como algo natural, la nueva etapa que signaba su destino, en la hospitalidad, en la amplitud del territorio, y en la perfecta continuidad histórica de su cultura y de su destino.

Pero por detrás, lentamente, crecía la sanguinaria determinación del nuevo imperio, y el odio sin límites de los resentidos. Dos caras de un materialismo irreductible.
Sobre esas bases, se instaló la dialéctica del odio y la ambición, que nos fue saqueando la identidad, encaminándonos hacia una síntesis tan morbosa como preconcebida, denominada progresismo.
Los saqueadores pasaron a menudo del comercio al homicidio, fundamentando los hechos en el buen funcionamiento de la economía, según el correcto sentido del mundo – de su mundo, claro -.
A los resentidos, se les suministró muy pronto una ideología a su medida: el marxismo, que se complementó con otras ideas afines, de las cuales quiero mencionar especialmente el indigenismo, ese extraño racismo antirracista, que pretende volver la historia hasta antes de la conquista, hablando en español – cuando no en inglés -, con teléfonos celulares, por medio de ongs y apoyos internacionales – siempre desinteresados, claro -.

También quieren dejar su antigua Patria, quienes pretenden hacerse ciudadanos de la patria única global, porque creen asegurarse así, algunas utilidades en el mundo ficticio del dinero, en medio del cual piensan mantenerse en pie, por medio de sus capacidades superiores, o sea, tener cierta cantidad de dinero, fabricado ilimitadamente por sus amos, como un mero papel a su servicio.

Pero nosotros, no tenemos opción, porque el Sur fue un lugar que amamos demasiado. Y digo el Sur, porque es un hermoso término poético, abarcativo de nuestra hermandad continental hispanoamericana, y porque es un símbolo y un mito, porque señala y convoca, porque la gran flecha de nuestro mapa señala un polo místico al Sur del Sur, hacia la Antártida, hacia Las Malvinas, un destino que de no asumirse, se convertirá también en un castigo.

Todas nuestras energías estuvieron en amar ese Sur, nuestro Sur, y no en preguntarnos sobre una identidad que teníamos muy clara.
Acaso teníamos todo demasiado cerca, y entonces era muy fácil amarlo: La tierra era todavía poderosa, y hablaba por sus árboles, por sus montañas y por sus ríos. Las personas eran honestas, respetuosas y leales. Las familias eran bien constituidas y amplias, como las de los antiguos romanos. Los jardines, los trenes, los desfiles, las escuelas, el trabajo, y la voluntad de ser y resistir, hacían el resto.

Ciertamente, se puede escribir un tratado sobre la conformación de una identidad. Quizá hayan escrito alguno que valga la pena, pero allí no se encontrará la magia, que sólo conoce quien la ha experimentado. No se explicarán allí los patios, los portones, los jardines oscuros, los zaguanes, y toda una estética austera y elevada.

No, la historia no vuelve atrás, pero el sentido de ser criollo, de haberse desprendido un día de un continente, para forjar uno nuevo, hecho de voluntad, de acero y de distancia, no puede perderse para siempre, entre los dominios dialécticos de globalizadores y resentidos.

Con nuestro Ser, recibimos nuestro destino, lo demás, es sólo un episodio más de la devastación global, algo que muchos de nosotros, jamás podremos aceptar.

10 de julio de 2008

Una unidad de destino en lo universal.

Una unidad de destino en lo universal.

Por: Juan Pablo Vitali

A poco andar, la América hispánica se pobló de criollos. Europeos nacidos fuera de Europa. Mancebos de la tierra, como los llamaban. Como los que fundaron la mayoría de las ciudades del continente.

La tierra que conquistaron sus padres, ya no era para ellos tierra de conquista, sino la Patria misma. La única Patria que conocieron, su territorio.

Por cultura y por derecho de sangre, sin embargo, eran también hijos de España.

Fueron cristianos a su modo, a menudo insurgente. Hombres levantiscos marcados por el paisaje, y por las gentes amigas y enemigas del continente. Ningún intercambio fue parejo ni estable. Como en todas partes, siempre hubo dominaciones en estas latitudes, aún antes de la conquista, aunque el pensamiento único, quiera vendernos la imagen infantil del buen salvaje.

Hubo amor y hubo guerra, no sólo con el indio. Los españoles se disputaban las jurisdicciones y desconocían las autoridades. Sabemos que a menudo, la muerte era propinada por los propios, además de los ajenos.

Vimos desmembrarse el imperio español en una guerra civil. Guerra civil inútil, que se extendería hasta la caída de España, y de Hispanoamérica a manos del imperialismo inglés.

Luego, el pensamiento liberal o marxista, hijo de un mismo padre materialista, arrasó con su dialéctica la cultura de Hispanoamérica, de España y de Europa, sin distinción de raza ni origen, afectando la identidad de todos nuestros pueblos por igual.

Hispanoamérica, salvaje para los anglosajones y empobrecida por ellos, se refugió en los criollos. Esos criollos que bajo catedrales de estrellas, combatieron hasta que los políticos y las armas de las logias inglesas los derrotaron. Como siempre, el enemigo no ahorró ninguna crueldad.

En realidad, los derrotó el sentido del mundo, el pensamiento único que despuntaba, de la mano del comercio inglés, de las logias, y de la oligarquía cipaya, vencedores de la antigua nobleza de la tierra, de los caudillos y sus paisanos, que combatieron lanza en mano el centralismo expoliador de los puertos, como dignos herederos de la mejor España.

Influenciados sin darnos cuenta por la vorágine, solemos entregar cada día, algo más de nuestra cultura y mermar nuestra actitud de resistencia.

Toda acción contraria a la corriente, es primero una actitud cultural, y por lo tanto, una actitud espiritual.

El avance del materialismo hacia mayores aberraciones, no es en sí un avance, sino el necesario y simétrico retroceso de los valores culturales y espirituales, que son los que deben organizar la materia.

Gramsci lo supo bien. Por eso lo admiran, los que necesitan la devastación masiva de nuestros valores.

Los lectores saben bien, que todo proceso político de fuste, emerge de un fermento cultural, del estado espiritual de ciertos hombres y de ciertos pueblos, capaces de desarrollar la energía que Dios ha puesto en ellos, para la lucha política trascendente.

Nuestra estirpe no resurgirá, sin la reconquista de un estado cultural y espiritual. Lo primero que hay que cambiar es la actitud. Hay que ser creativo para resistir. Algunos van siempre para atrás, atados a ciertas formas ya vacías. O quizá buscan excusas suficientes, para justificar su comodidad, y se aferran a un reaccionarismo cómodo y superficial. Nosotros, debemos ir al fondo de las cosas.

Creo que en este lejano Sur, el desorden y la pobreza, suelen protegernos un poco el espíritu. Nos roban, pero como pocos participan del saqueo, también son pocos los que creen en el sistema que lo organiza.

Dicen que a los conquistadores los movía el oro, pero pocos lo encontraron, y menos aún lo disfrutaron. Los guerreros sólo saben combatir y morir. Otros, se habrán aprovechado de sus guerras y de sus muertes.

Los conquistadores y sus hijos, debieran ser nuestro ejemplo. Pero esta vez, no para el beneficio del comercio anglosajón y del pensamiento único. No para la concentración del poder mundial, ni para hundirnos en nuestras guerras civiles inducidas, sino para ejercer el poder espiritual y material, que la estirpe hispánica y criolla, tiene derecho a ejercer, sobre todo su territorio.

Circuitos culturales.

Circuitos culturales.
Por; Juan Pablo Vitali.


Muchos ignorantes piensan que la lucha por el poder se da en el limitado plano llamado comúnmente político. Nada más lejos de la realidad. La lucha por el poder se da en las conductas y en las conciencias.

Para lograr determinados objetivos en ese ámbito, existen distintas alternativas:

Está el primitivo lavado de cerebros y la vulgaridad de los medios de comunicación, el sexo antinatural, la mala música y otros diversos ruidos, las máquinas cuando ellas son las que nos manejan, y otros muchos y variados tipos de estupidización que ustedes ya conocen, incluyendo el alcohol, la droga, el cine y el arte deprimentes, los videojuegos, y tantas cosas que no vale la pena enumerar.

Pero hay otra máquina de picar cerebros algo más sofisticada, que son los circuitos culturales. En ellos conviven ciertas personas que resultan necesarias para manejar la opinión de determinados niveles de la sociedad, donde reinan los llamados intelectuales. Estos, son personas en ocasiones sensibles, otras no tanto, que andan en pose, con un libro debajo del brazo, diciendo siempre más o menos lo mismo, y que adoran toda una línea de eunucos contestatarios creados especialmente para su consumo:

Mencionemos entre ellos al desorientado guerrillero Ernesto Che Guevara, que cuando debió ser argentino eligió ser cubano, y cuando debió ser cubano eligió ser boliviano, y que no fue en realidad ninguna de esas cosas, sino un niño mimado de clase media alta que hastiado, después de descubrir América en un viaje en moto, eligió ser guerrillero en otras latitudes, antes de enfrentar la situación de su país, al que seguramente juzgaba en su conjunto reaccionario.

Tenemos a Green Peace –creo que se escribe así- que cuando los niños pobres de nuestros países se mueren en las selvas y en las ciudades por falta de atención médica, viajan en poderosos helicópteros, vistosas motos y camionetas cuatro por cuatro, a buscar un animalito desorientado, o a evitar que una empresa multinacional de los mismos países desde donde los manejan y financian, corten el último arbolito de un bosque.

Tenemos los freudianos, los lacanianos, los indigenistas, los conmovedores gurús de distinta laya, los poetas del subconsciente, los artistas callejeros, los seguidores del subcomandante Marcos –sería bueno difundir quién es el comandante-, los imperialistas andinos, los mapuches, y otras diversas tribus recientemente llegadas al estrellato.

Tenemos a los defensores de los travestis, de los homosexuales, de la mujer lesbiana, abortista o feminista, tenemos a Rigoberta Menchú, y al el premio nobel argentino Pérez Esquivel.

Tenemos de todo. Pero siempre girando en torno a determinados circuitos que se repiten, que se tornan cada vez más aburridos, y que no le interesan más que a un grupo que dice, hace y lee, lo que la dialéctica de la dominación necesita que lea, haga o diga.

Por eso, si uno quiere ser un verdadero poeta o revolucionario, o acaso una persona de bien, más vale cantar viejas canciones, hacer una huerta, recordar a nuestros muertos, practicar artes marciales, cultivar plantas, instalar un taller de carpintería, ver cómo cultivan la tierra los que saben, como encaban cuchillos los artesanos, leer nuestra historia, tomar buen vino, y amar lo nuestro, y que volvamos a tener hijos que también lo amen, y que volvamos a ser, en lo posible, mejores, aunque sea parecidos, a como fuimos antes, porque en algún momento, tuvimos una Patria.

Hay que escribir, dibujar, hacer música, elevar las almas y la antigua tradición de nuestros pueblos. Los circuitos culturales, que se los queden ellos, cuando estén bien podridos, tan podridos que no puedan levantarse de la cama, escucharán las viejas canciones, y verán desde sus blandos lechos decadentes, nuestras banderas, mientras nosotros traemos a marchas forzadas la cultura, sin circuitos culturales, a cielo abierto, de cara al cielo, como debe ser.



8 de julio de 2008

El Asedio.

El asedio.
Por; Juan Pablo Vitali.

Llegamos a ser lo que somos, por un traspaso, por una sucesión ininterrumpida de valores, desde el pasado hacia el presente, los que generan determinadas conductas.

Las motivaciones de esas conductas, se gestan en lo más profundo del espíritu.

Esa herencia compleja, crea barreras culturales, que nos alejan de lo que consideramos erróneo, y nos inspiran ha hacer lo que consideramos correcto.

Cuando esas barreras, cuando esos límites caen, las personas se alejan de lo que les transmitieron sus mayores, cambian sus criterios, y ya no ven tan mal, lo que para sus padres hubiera sido degradante o equivocado. Pasa a ser normal, lo que hasta poco, era nefasto.

Vivimos rodeados de un materialismo satánico. ¿De qué otro modo podría denominarse lo que cada día sufrimos y enfrentamos?
El consumismo vacío, la prostitución de todo tipo, la homosexualidad, la pedofilia, la pornografía, la entrega de nuestros bienes comunes a las empresas multinacionales y a la finanza, la degradación constante de las personas y de las comunidades. Eso es lo que nos rige.

Más allá de nuestra firme voluntad de resistir, solemos quedar aislados, solos, fuera de contexto, en una actitud de resistencia, contra un sistema que trata de ridiculizarnos, si es posible ante nuestros propios hijos. Entonces, nos puede vencer la impotencia, la desazón; nos paralizamos, abrumados, sin saber qué hacer, ante semejante embestida.

Nos rodean, en una desproporción de fuerzas enorme.
La ruptura cultural con las nuevas generaciones, se consuma por medio de una artillería tecnológica poderosa. Todo es útil a sus fines: computadoras, televisión, teléfonos celulares, sexualidad, droga, abulia.

Las barreras caen, y los lazos finalmente se cortan. Entonces nuestros hijos, nos quieren, nos respetan, pero ya no son como nosotros. No han recibido el legado, la traditio. Quizá no quieren quedar aislados. Sufrir lo que nosotros hemos sufrido. Es comprensible.

La cruel podredumbre nos pone sitio, como a una ciudadela que poco a poco, va consumiendo su voluntad y sus víveres. La historia nos enseña que en estos casos, lo peor es dudar. La lealtad se fortalece, durante un asedio.

Es nuestro deber, dentro de la soledad que nos impone el sistema, establecer la más abierta solidaridad entre nosotros, los que defendemos todavía viejos valores.
Fortalezcamos los muros interiores. Que nuestros hijos tengan un lugar donde sentirse protegidos. Un lugar, donde ellos y nosotros, podamos ser lo que debemos ser.

Para hacer efectiva la traditio, en condiciones tan desfavorables, la palabra es un instrumento fundamental del espíritu, pero también lo son la acción, la solidaridad, la política, la lucha, porque nadie puede resistir, hablando o escribiendo solamente. Fortalezcamos nuestra ciudadela. No será fácil, porquen casi todos los puentes están cortados. Fortalezcamos nuestra solidaridad, que sea esa nuestra prioridad, aunque debamos andar con estigmas en las manos.

La lucha es desigual, pero si consiguen separarnos de nuestra descendencia, la soledad va a resultar insoportable.
Nuestro arsenal es fuerte: la sangre, la estética, el arte, la historia, la religión, la militancia.

La sangre, que no es materialismo racial, sino estirpe.
La estética, que no es formalismo, sino filosofía de lo bello.
El arte, que no es repetición hasta el cansancio, sino creación original.
La historia, que no es un recuerdo entrelazado, sino un proceso.
La religión, que no es clericalismo, sino cristo crucificado y combatiente.

Que cuando salgamos fortalecidos de nuestra ciudadela, el enemigo deba retener el aliento, ante nosotros.

7 de julio de 2008

La ambigüedad de los conceptos.

La ambigüedad de los conceptos.
Por; Juan Pablo Vitali.

A veces las palabras, se tornan engañosas, porque puede no ser fácil, encontrar el verdadero nombre de las cosas.
A veces debemos recurrir a antiguos nombres, o inventar nuevos, para ciertas situaciones que no responden a las pautas culturales dominantes.
Izquierda y derecha, conservador y progresista, liberal y socialista, reaccionario y revolucionario, son términos que devienen vacíos fuera de un contexto.

Y el marco cultural en el que se utilizan es el del mundo moderno, el del pensamiento moderno. Ellos mismos son conceptos modernos, que responden a la dialéctica que el hombre moderno parece necesitar. Una dialéctica de caminos señalados e influidos por la oscilación del pensamiento, en torno a un movimiento que impide encontrar y permanecer en una sólida verdad.

A veces no nos damos cuenta, cuánto estamos influidos por esa forma de pensar. Elegimos palabras pensando en su opuesto, siempre dentro de los moldes modernos, enmarcados por una cultura que deja fuera ciertas cosas, cierta forma de pensar, admitiendo solamente lo que considera razonable. Dentro de ese contexto, se puede ser todas las cosas que se quiera en función de la dialéctica, pero no se puede elegir una o varias palabras, para enunciar lo que se considera incorrecto.

Ocurre eso cuando juntamos dos conceptos que han sido determinados para ejercer entre si la dialéctica considerada correcta. Así es que está muy, pero muy mal, decir revolución conservadora, nacionalsocialismo, nacionalsindicalismo o nacional revolucionario, porque no se puede manejar unido, lo que está para manejar fácilmente y por separado, según la lógica de la dialéctica, que de ese modo, no podrá producir su síntesis, sino que tendrá que atenerse a una unidad no dialéctica.

Ser revolucionario para conservar algo, es incomprensible para el pensamiento moderno. Ser nacionalista y socialista, sería un contrasentido, igual que un nacionalismo sindicalista, o ser nacional y revolucionario, para la forma de pensar impuesta por la lógica de la modernidad.

Menos aún se pueden crear palabras nuevas, porque la originalidad marca un cierto grado de libertad espiritual inadmisible.
Así, tradicionalismo, fascismo, falangismo, legionarismo, se convierten en conceptos tan originales como pecaminosos, no porque sean sinónimos entre sí, que de hecho no lo son, sino porque sus diferencias se plantean en un plano que el pensamiento dominante considera incorrecto.

Apartarse de las normas dialécticas modernas, implica remitir a otra cultura, que por muy antigua, o por muy avanzada, resulta indefectiblemente antimoderna. Nombrar algo con un nombre verdadero, es conocer su esencia y poseerlo. Es darle a la realidad otro contexto, y transformarla hasta convertirla en otra.

Sacralizar lo desacralizado, organizar lo desorganizado, unir lo desunido, elevar lo degradado, restaurar lo destruido, enaltecer lo envilecido, recordar lo olvidado, espiritualizar lo materializado, todo eso puede ocurrir, cuando los conceptos dejan de ser patrimonio del pensamiento dominante, y comienzan a ser patrimonio de otra realidad, que trasciende ese pensamiento, porque pertenece a un orden superior.

Toda guerra es esencialmente una guerra semántica. Quien posee los contenidos posee el pensamiento, y quien posee el pensamiento posee a la persona.

En el fondo el tema es sencillo. Pensamos con palabras, con un idioma que elabora conceptos vivos en un contexto de relaciones que se denomina cultura, aunque a veces esté tan degradado que debiéramos denominarlo de otro modo.

Por eso los niveles de ruptura en la ambigüedad dialéctica de los conceptos, están en su desplazamiento por fuera de la furia dialéctica, del racionalismo tiránico iluminista, en el final de los falsos enfrentamientos dialécticos, entre todos aquellos que en definitiva buscan un bien, sin caer en la falsedad de los enfrentamientos propuestos.

Porque muchos de los que predican otra cosa, son permeables al pensamiento moderno, que los somete mediante los conceptos con los que formaron su pensamiento. Pensamientos de hombre moderno, a la medida de la falsedad dialéctica.

El hombre nuevo que debemos formar, es en realidad el más viejo del mundo, el que no deambulaba por las tesis y antítesis para someterse luego a la síntesis del poder manipulador, sino que enfrentaba la realidad desde su propio ser integral, sin ningún otro complejo que la realidad misma. Una realidad completa, material y espiritual, sin más fe en la materia que la merecida por la materia, manteniendo la conciencia de algo obvio: que es mucho más probable la permanencia del espíritu del hombre, que la de su materia, siempre tan frágil, siempre tan susceptible a adjudicarse a sí misma una omnipotencia del todo ridícula, mientras la muerte sea parte insuperable de la naturaleza del hombre.

¿Cuál es nuestro nacionalismo?

¿Cuál es nuestro nacionalismo?
Por; Juan Pablo Vitali.


Ambigüedad del término.

He aquí una palabra amplia, que casi todos niegan, pero al final, casi todos usan.
El nacionalismo puede ser: de izquierda, católico, racial, popular, social, revolucionario, corporativo, clerical, conservador, reaccionario, socialista, integrista, esotérico, elitista, orgánico, republicano, monárquico, democrático, blanco, negro o amarillo, y demás adjetivos que podemos agregar, a medida que acudan a nuestra memoria.

Por eso, habría que definir un poco eso del nacionalismo, pero como no puedo hacerlo desde la teoría política que no manejo, trataré de realizar mi humilde aporte desde la cruda experiencia, y quizá –porque eso es una deformación profesional- con algo de poesía cuando la experiencia no me alcance.


Nacionalismo es amor.

Aún sin pretender ser original, diré algo que poco se dice: el nacionalismo es amor. Esta afirmación, sorprenderá a algunos de los que gustan identificar a los nacionalistas como energúmenos.
El nacionalismo, queridos amigos, es una elemental reacción de amor, hacia aquello que ciertas personas, con una determinada formación cultural, no podemos evitar amar, aunque ese sentimiento, la educación actual lo está tratando de corregir.

No sé si resultará obvio pero debo decirlo:
El nuestro es un amor elemental: a nuestras familias, a nuestros amigos, a nuestro barrio, al recuerdo de nuestra infancia, a sus árboles, a sus calles, a los compañeros de escuela, a nuestros vecinos, a nuestros símbolos patrios, a nuestras canciones, a nuestro territorio, a nuestros hermanos y compatriotas, a los próceres, a los caídos, a la silueta de la abuela en el patio, a los niños que vemos pidiendo por las calles, a las noches de estrelladas, bajo la Cruz del Sur, al vino, a la charla junto al fuego, a las rondas de mate.

Sentido político del amor.

O dicho de un modo un poco más político, nuestro amor, se desarrolla en una comunidad orgánica, organizada en torno a un destino común, que implica la defensa elemental de una forma de vida, de una cultura, de una memoria, de un territorio, de su historia y de sus recursos naturales.

El nacionalismo es básicamente eso: un amor que reacciona, con una voluntad de defensa de lo que se considera espiritual y materialmente propio.
En ese sentido, debo admitir, si reaccionario es el que reacciona, que somos profundamente reaccionarios. Pero la nuestra es una reacción ante la injusticia, y nuestro orden, no es el orden de la violencia, sino de la restauración del amor sobre las cosas que merecen ser amadas y defendidas.

Orden y justicia.

Orden y justicia no existen para nosotros por separado.

Y valga un párrafo especial para nuestra justicia social. Igualar lo desigual, es darle poder a una burocracia liberal o marxista, poco importa cuál sea su signo.
Nuestra justicia social está siempre referida a un orden de responsabilidad y de merecimientos.
La justicia social se da siempre en un contexto. Sacarla de su contexto orgánico para igualar a cualquier costo, es solamente nivelar por abajo y para abajo, dejando que lo de arriba, lo de muy arriba, se fortalezca, concentre su poder ante una masa igualitaria indeferenciada y amorfa.

Nuestra defensa de valores no es ideológica sino concreta, constructiva, sencilla, directa, clara y amplia. Nuestros matices nos enriquecen. El nacionalismo no es un dogma teológico, aunque nuestros valores históricos sean cristianos.

¿Dónde está el nacionalismo?

No somos un cenáculo. Nos gusta la calle, el sentido común de la gente de trabajo. Podemos ser poetas o intelectuales, pero no queremos hacer un movimiento de poetas o de intelectuales.

Se dice que mientras los turcos invadían Bizancio, sus habitantes discutían sobre el sexo de los ángeles. Por eso, no somos el nacionalismo que fue, sino el que será. El que sabe, por experiencia, que no hay nada ni nadie, fuera de nosotros mismos, que vaya a defender lo que amamos.

Por eso a veces nos ponemos ásperos, con aquellos que le llaman a sus frustraciones e intereses nacionalismo. Con los que llaman a sus problemas hormonales o psicológicos nacionalismo.


¿Quién es nacionalista?

Nacionalista es el que va bien temprano a trabajar, con la pala atada a la bicicleta, mientras los autos le pasan rozando. Nacionalista es el que le corta una flor a su mujer cuando vuelve del trabajo. Nacionalista es el que se toma dos micros para llevar a sus hijos a la escuela. Nacionalista es el que llora al oscuro, para que no lo vea nadie, de impotencia porque no consigue trabajo. Nacionalista es el que no roba. Nacionalista es el que conserva una santa indignación. Nacionalista es el que piensa con rectitud, el que se preocupa, el que trata de convertir su dolor de Patria en una acción positiva.

Porque los nacionalistas somos muy sensibles. Yo diría que los únicos sensibles, los únicos que amamos de verdad, porque el que entrega lo suyo, el que no lo defiende, es un insensible miserable, tenga la ideología que tenga.


Nuestro nacionalismo.

Nacionalismo es lo elemental. Lo que existe antes y después. La dulce barbarie de lo elemental: un padre volviendo del trabajo, un abuelo contando a sus nietos una historia, una madre poniendo paños fríos en la cabeza de su hijo.

Nacionalismo es amor, porque nosotros no asesinamos niños en el vientre de sus madres, porque nosotros no vendemos a precio vil el territorio, ni los metales de las minas, ni el petróleo, ni nos hacemos los desentendidos cuando los niños deambulan solos por las calles, ni necesitamos un auto último modelo.

Nacionalismo es lo elemental, lo visceral, lo antiguo, la poesía, lo que nos cuesta trabajo conseguir, lo justo, los mejores recuerdos de la infancia, los hijos de nuestro pueblo congelándose en la guerra de Malvinas.

No sé cómo explica la teoría política a los ladrones y cobardes, pero me parece que la complican demasiado. Por eso aburren, por eso no les da bola nadie.

Por eso, la Patria está en la calle camaradas, vayamos a buscarla, para abrazarla como a una novia, en las esquinas.

¿Cuál es nuestra Geopolítica?

¿Cuál es nuestra Geopolítica?
Por Juan Pablo Vitali.


Las viejas leyes de la geopolítica.

La geopolítica tiene sus leyes. Todos hemos leído en alguna oportunidad sobre el poder terrestre, el marítimo, sobre el corazón de la tierra, sobre las talasocracias, y todo eso nos resultó muy útil y muy interesante. Pero las leyes de la geopolítica, son materia inerte sin la voluntad humana.

Esos núcleos de poder, esas líneas de tensión, todas esas posibilidades, existen para nosotros sólo en potencia, si no las llena y moviliza una voluntad de poder propia, o si detrás de las articulaciones geopolíticas aparentes, no está sino otro poder mayor, que no se manifiesta ante una primera mirada superficial, o no suficientemente profunda.

Los grandes bloques geopolíticos.

La Unión Europea, el MERCOSUR, son por cierto grandes espacios geopolíticos, pero ¿Quién los une en realidad? Las empresas que extraen el petróleo, que construyen carreteras, que ensamblan automóviles, los bancos que proveen el dinero para esas actividades, y los que emiten las divisas con las cuales se mueve la economía ¿A qué intereses responden?

A veces, el análisis de la formación de los grandes bloques geopolíticos, se hace muy a la ligera. El contenido de esas uniones, que entusiasma a tantos, no es el más deseable.

Claros ejemplos de ello, son los bloques mencionados: La Unión Europea y el MERCOSUR. La economía globalizada es la que los rige. Los grandes mercados, son parte de la ideología del poder transnacional, y sólo responden a quienes los controlan.

Las empresas multinacionales y las finanzas, controlan la economía. La minería, el petróleo, la agricultura, el agua, los mercados inmobiliarios, todos bailan al compás del poder transnacional. Esa es la geopolítica que nos rige. Destruyen nuestro patrimonio y nuestra población, y nos hacen creer que eso es Geopolítica.





Nuestra geopolítica.

Antes no nos unía un mercado. La hermandad de los antiguos componentes del imperio español, hoy lastimada por la criminalidad de los gobiernos, no se basaba en ningún mercado, sino en la historia común. No necesitamos un intercambio comercial para saberlo.

Sabemos que las poderosas empresas brasileñas, se expanden comprando empresas en América del Sur. Se supone que sus capitales son brasileños, pero primero hay que admitir que los capitales tengan patria, y después que realmente sean de origen brasileño.

Sabemos que Brasil es desde el principio un gran espacio, desarrollado por una corte pro inglesa, pero no sabemos mucho más de sus intenciones profundas. Algunos de sus pensadores, como Elio Jaguaribe y Moniz Bandeiras, dicen estimar a la Argentina, por ejemplo, pero no sabemos cuál es su real influencia en los intereses que gobiernan al Brasil.

Podríamos decir que conocemos su carnaval y algunas de sus playas, pero sería lamentable que esa fuera la base para un destino común. Y conste que no estoy en absoluto en contra de la unidad geopolítica con el Brasil, sólo que es difícil saber cuál será esa unidad, en qué política se basa, más allá de algunos aspectos económicos no siempre claros. Porque un destino común es también un problema espiritual, el contenido de una voluntad común, no algo meramente material.

El viejo Carl Schmitt.

En última instancia, un destino común, es determinar un enemigo también común, y enfrentarlo codo a codo, y para eso hay que hermanarse más allá de los intereses de algunas empresas, por importantes que ellas sean.

Y el MERCOSUR es un mercado, una entidad no ciertamente de orden metafísico, con unas leyes que responden precisamente, a la lógica de un mercado.

Aún la Unión Europea, que parece ser un espacio mercantil próspero, es absolutamente dependiente militar y energéticamente, lo que equivale a decir políticamente, en medio de una dolorosa destrucción del espíritu europeo. Quizá eso sea un continente cuando se convierte en un mercado.

Ambos son espacios sin alma, por lo tanto, sin destino. Los contenidos los pone otro, llámese imperialismo yanki, poder transnacional o empresas multinacionales. Son luchas de empresas y de capitales, por mantener un sistema de mercado, un materialismo sin alma, en un mundo sumido en la catástrofe. Y a eso hay que agregarle la cultura progresista, que se manifiesta con diversos grados de virulencia, según las necesidades del consumidor.

Suena muy feo ser mercosuriano, decir: Yo, de ahora en adelante, soy mercosuriano. Aunque la palabra bien se corresponde con una patria de mercado.
No les sentaría muy bien esa denominación, a los gauchos de Argentina, de Río Grande do Sul, o a los llaneros venezolanos.

Una confederación de naciones puede recuperar en un destino común, difícilmente pueda hacerlo un mercado. Porque un mercado es por definición lo que se compra y se vende, o sea, lo opuesto a una patria, aunque por lo que se ve, el concepto de patria ha quedado para algunos fuera de uso.

Para qué son los mercados.

Los mercados sirven para convertirlo todo en mercancía: las personas, los recursos naturales, el trabajo, la naturaleza, la tecnología, la salud, la cultura, todo tiene un precio de mercado. Eso es lo que mide, lo que determina los valores. Por eso somos todos iguales, sin identidad, sin fe, sin tradición, sin jerarquías, sin nada que nos identifique, a no ser nuestro valor de mercado.

Esa voluntad de mercado es la que ocupa hoy los supuestos espacios geopolíticos, y genera la otra fuerza que pretende ocuparlos, en la lógica dialéctica, que es el resentimiento. Ese resentimiento destructivo, que no produce ninguna construcción política coherente para enfrentarlo. Ese odio al que tenemos al lado, porque tiene más, o porque tiene menos, y nos amenaza con sacarnos lo que tenemos, en un enfrentamiento será siempre “por abajo” de quienes manejan los hilos.

Si es ideológico, el resentimiento puede convertirse en infantilismo revolucionario, en indigenismo, o simplemente en delincuencia.
Los que algo tienen, defenderán el espejismo del mercado, pero serán también sus esclavos, sin llegar a tener nunca lo suficiente, como para evitar los riesgos de vivir en una comunidad de resentidos.




¿Cuál es nuestra Geopolítica?

No existe en realidad, una geopolítica en los grandes espacios de Sudamérica. Hay sólo una dialéctica entre el mercado y los resentidos del mercado.

Mientras las naciones decaen y las viejas hermandades se pierden, se lucha en la mezquindad, entre los pocos que tienen algo, y los muchos que no tienen y que odian a los que tienen. Ya no hay pueblos hispanoamericanos unidos por la historia. Ya no hay criollos como eje político cultural. Los que nunca fueron indios ahora quieren serlo, volviendo a sus costumbres ancestrales cuando ya no existe su contexto original, mientras esperan el llamado de su promotor internacional, atentos a su teléfono móvil.

Otros recuerdan de pronto que son descendientes de europeos para entrar al mercado común europeo, sin tener la más remota idea de lo qué es realmente ser europeo, algo que aún los nacidos en Europa, en su mayoría desconocen.
Esa es la opción dialéctica que nos brindan los mercados, porque ellos son los que unen hoy los grandes espacios y les ponen nombres a su medida.

Así las antiguas leyes de la geopolítica se convierten en otra cosa: en espacios si, pero con contenidos puestos desde afuera de los territorios y de la identidad de sus comunidades, con criterios ajenos, desligados de los mismos espacios que pretenden unir. Unen destruyendo. Destruyendo a los hombres, al suelo, a la cultura, a las tradiciones, al arte, a la filosofía, a las costumbres, al arraigo, a la familia, a las Patrias.

Nos damos cuenta entonces que la antigua geopolítica, la de la guerra, la del heroísmo, la del enfrentamiento de culturas, la que generó frases tales como “el corazón de la tierra”, o “las potencias del mar”, termina siendo casi una ciencia poética, comparada con los conceptos y valores que se manejan hoy. Porque hoy ya no hay corazón de la tierra ni potencias del mar en el antiguo sentido, sino jugadores anónimos que ganan uniendo o desuniendo a su antojo los espacios, la pura materia inerte, sin una voluntad superior de resistencia, de destino común, de determinación política.

Sencilla conclusión.

Por eso no es tan imprescindible como nos quieren hacer creer, que los espacios sean unidades mayores, lo realmente importante es cuáles son las reglas que nos imponen para unirlos.

Por mi parte, hasta que aclare, prefiero aferrarme a mi viejo destino de argentino, de sanmartiniano, de criollo. Palabras estas más difíciles de convertirlas al mercado, que las que el propio mercado inventa.

Y sólo admitiré unirme con las cosas que reconozco como propias: un patriota peruano, un patriota paraguayo, un patriota oriental, un patriota venezolano o colombiano, y porque no, un patriota brasileño, si nuestras patrias no son un mercado, sino una confederación de patrias libres, surgidas de la más profunda entraña iberoamericana, dispuestas a enfrentar, un destino común.

¿Cuál es nuestra cultura?

¿Cuál es nuestra cultura?
Por; Juan Pablo Vitali

Lo primero que hay que decir respecto a la pregunta que antecede, es que para la mayoría de la población esa pregunta ya no tiene respuesta ni importancia.
¿Pueden necesitar una respuesta, los esclavos de la droga, de los videojuegos, de la cuota del auto, del sexo, y de la infinita cantidad de propuestas que el sistema nos propone y nos impone para descerebrarnos? ¿Será acaso esa pregunta, irremisiblemente sumida en el pasado?

Pero para algunos, no hay más remedio que plantearse ciertas cosas, porque no somos todavía el tipo de bestia resentida y consumista en que se han convertido muchos de nuestros compatriotas, y por qué no decirlo, de los habitantes de este mundo, en el que cada vez es más difícil vivir, aunque casi todos miren para otro lado, rogando que no se les acabe la suerte.

El primer y gran logro del enemigo es que una pregunta así suene ridícula. Porque al que no tiene cultura, no le interesa cuestionarse nada, y el que la tiene, suele estar encerrado en la soberbia de ciertos dogmas culturales de moda, que excluyen casi siempre a los que están fuera de un círculo pequeño y sectario, sólo para un puñado de acólitos.

Los criollos, los indios, los mestizos, los gallegos, los rusos, los turcos, los tanos, fueron todas formas anecdóticas y simpáticas de nombrar matices de algo que estaba por detrás y por encima, algo más fuerte, algo mágico que convertía todo eso en una sola fuerza. Ese algo era ser argentino.
Supongo que algo parecido ocurría con las demás nacionalidades.

En todo caso, la fuerza del ser nacional, no estaba dividida en cosas contradictorias. ¿Tan débiles fueron nuestras nacionalidades y nuestra cultura, que pudo unir lo antedicho y mucho más, en un territorio tan extenso como el nuestro? ¿Tan débil fue nuestro patrón cultural, como para que no hubiera otra forma de eliminar la resistencia, que la persecución sistemática a todo lo nacional, reservorio de todo lo hipanoamericano?

Quizá la agobiante extensión hizo que en el fondo, nadie quisiera alejarse del todo del otro, sabiendo que algún día, habría que cumplir la responsabilidad histórica o perecer.
Aún quienes proclamaban ideas políticamente negativas o contradictorias como Borges, terminaron aferrados a los viejos patios, a los sables, a los suburbios y a los gauchos, en definitiva, al hecho de ser criollos.
Aún quienes a fuerza de ser inútilmente antipopulares equivocaron el camino político, no hicieron otra cosa que llorar la decadencia de las grandeza nacional. ¿Qué otra cosa hace Manuel Mujica Lainez, cuando cuenta, como los de su clase no supieron hacer una Patria a la medida de sus antepasados los conquistadores?
Y aunque admire profundamente la literatura de los autores nombrados, debo decir que el coraje no se compra, se tiene o no se tiene, y ellos no lo tuvieron.
Leopoldo Lugones vio la fatal pequeñez que se venía, y no quiso ser cómplice, quizá por eso eligió el cianuro, que es una desagradable forma de dar testimonio, pero una forma al fin.

La tierra profunda, cubrió de algún modo las falencias de las clases dirigentes, y forjó una unidad de los países. Por eso ahora quieren bajar de sus pedestales a nuestros héroes, porque la grandeza de cualquier tipo es mala. La grandeza de un solo y gran territorio es mala, de un solo idioma, de un solo ejército, de una sola religión, de una sola estirpe, que no necesita llamarse raza porque incluye y absorbe los elementos de varias de ellas, en una proporción que sin necesidad de porcentajes vino a llamarse criolla. Porque todos fuimos criollos en esta bendita tierra sudamericana, por libre elección, porque esas cosas no se imponen. Una cultura se recibe y se acepta libremente. Nadie se hace amigo de nadie por imposición.

Pero eso era antes, ahora somos raperos, guevaristas, libremercadistas, ecologistas, rastafaris, indigenistas, darks, zapatistas, stones, skaters, cumbieros, drogadictos, piqueteros, asesores, punteros, gays, lesbianas, travestis, astrólogos, gurús, vegetarianos transgénicos, freudianos, defensores del aborto, de las terapias alternativas, de la liberalización de la droga, de los animales en extinción, de los pueblos originarios (¿Yo no soy originario que también nací acá?), del reiki, del feng shui, del origami, de las murgas contestatarias, de los artistas callejeros, o de todas estas cosas juntas y de otras más que olvido o desconozco.

¿Por qué tiene que ser ahora esa nuestra cultura? Pues muy fácil, porque todos los contestatarios a la medida del sistema juntos, no valen lo que valía un criollo, cuando ser criollo era habitar un territorio grande, y una tierra que por sí misma forjaba hombres de una sola estirpe, antigua, fuerte y unida, bajo la cruz del Sur.




4 de julio de 2008

YUKIO MISHIMA

YUKIO MISHIMA
Por; Juan Pablo Vitali.


Morir
En el viento
Del suicida.


Morir combatiendo
La única muerte
De un guerrero.


Morir
Por el filo del sable
De muerte ritual.


Morir
Sabiendo que morir
no es más que mejorar
El instante último.


Morir de olvido
Como morimos todos
Finalmente, a los pies
De un tiempo criminal.


Morir de rosas
De crisantemos
De flores de ciruelo
Atravesadas por un grito.


Morir del otro lado
Del mundo
Donde haya un guerrero
Bajo el sol.


Morir imperial
Sin pedir perdón
enfrentando al enemigo
Y siendo muerto por él.



Morir
Caudillo del cielo
Solitario jefe
De un idioma.


Morir
Con el sol en la frente
Como mueren los nuestros.


Morir
De rodillas al sable
Al símbolo divino
De los tiempos.


Morir
De caballos desbocados
De ideogramas en la frente
De seppuku, al amanecer.


Morir
Del otro lado
De las cosas.


Morir con honor
Por el acero entrañable
Decapitado por el camarada
Más querido.


Morir de mar
De isla
De corceles antiguos
De estampido.


Morir
de sangre nueva
junto al escudo medieval
de los guerreros.




Morir

Y olvidarse de un mundo

Sin honor.


Morir incomunicado
Aislado por el ruido
Que el enemigo trajo
Para ayudarnos
a morir.


Morir con honor
Como un samurai
Como un poeta.

MEMORIA DE LA ESPADA

MEMORIA DE LA ESPADA
Por; Juan Pablo Vitali

No me fue dada la posesión de la espada
Sin embargo conservo su memoria
La atávica memoria que en la sangre viaja
En el afán de acercarse los navíos
A buscar la herencia brumosa de la raza.


Sostuvimos un sitio en el exilio
Hasta que los muros de barro
Se derrumbaron silentes
Sobre los cuchillos.


No nos fue dado el dominio
Ni el imperio
Llevamos en la carne todavía
Las esquirlas azules
Del frío acero.


No me fue dado
Más que el exilio de la espada
Y una Cruz de estrellas al Sur
Centinela, astrolabio, vínculo del alma
Con su origen.


No nos fue dado más que la frontera
El más allá del sol y de la luna
La brutal desazón, la crueldad del olvido.


Hombres de ceniza volcánica y de viento
Navegantes de la soledad desierta
Jinetes solares, errantes como tigres.

Los faroles oscilan
En las casas perdidas.
Los centauros
Murieron de navegación
Con los corazones atados al cielo
Y los recuerdos perdidos en el viento.

Ardieron uno a uno
En la memoria del dolor.
Era ese su destino
No fundar un imperio
Sino desangrarse en los espacios
Dejar testimonio del final
en la última frontera conocida.

Política y poesía.

Política y poesía.
Por; Juan Pablo Vitali

Es inevitable que la política actual, carezca de una dimensión poética, porque es parte del materialismo que la domina.
No hay espiritualidad, cuando lo que se busca es ocupar posiciones para beneficio propio. Posiciones manejadas por otros, que son los que ejercen el dominio real sobre las conductas, y sobre las cosas.

En lugar del antiguo sentido de pertenencia, de lucha espiritual, rige la ficción numérica, lo indeferenciado, el discurso igual, bajo la mirada del crudo poder material.
Las conductas se desarrollan lejos de los valores, de los principios, de lo elevado, de lo que se encuentra más allá de lo meramente material.

Por eso hoy, pocos movimientos políticos se atreven a reivindicar para sí, una verdadera dimensión poética. Eso sería ir contra el tiempo, contra todo lo que la política actualmente presupone: lo superficial, la sumisión a lo que los medios de comunicación y los políticos llaman consenso.

Pero aún aceptada formalmente la poesía, no será fácil dar con poetas, que entiendan y sientan la dimensión poética de la política. Posiblemente la realidad los haya destruido, porque ellos resultan doblemente malditos, una vez por ser poetas, y otra por responder a una cosmovisión elevada, unívoca, superior.

Sólo serán promovidos públicamente como poetas, los que aíslan la poesía de lo importante, los que responden al sistema, disfrazados de diferentes, de sensibles, de artistas, pero que en última instancia, representan siempre un papel escrito a la medida de sus mandantes.

Pese a todo, no existe otra poesía que aquella que expresa lo superior. Lo demás es un ejercicio menor, decorativo, que nos describe los problemas psicológicos, de patéticos mercenarios al servicio de la decadencia.
Pero lo elevado, lo que es profundo y verdadero, aún aislado bajo capas y capas de una realidad adversa, continúa siendo verdadero.

Sabemos que en la antigüedad, el lenguaje poético tenía otro valor. No es un secreto que el hombre ha cambiado, que se ha achicado, limitándose a su dimensión más grosera, menos espiritual. Con argumentos falaces, se derribaron los límites que impedían el descenso al abismo, se cortaron uno a uno los lazos con lo que es elevado, superior, espiritual, con todo lo que nos hace ser hombres, y no infrahombres, meras bestias sin espíritu, sin cultura, sin identidad, carentes de un orden que enfrente la destrucción de lo valioso.

El idioma poético se ha tornado incomprensible e innecesario para el hombre actual, del mismo modo, para los movimientos políticos que buscan consenso, en un medio que valora solamente lo superficial, lo material, lo prescindible, lo antojadizo, lo sometido al poder económico, tecnológico y financiero del supracapitalismo.

Lo que actualmente se denomina poesía, es en general una forma más de degradación. Lo es por el fondo y por la forma, ambos necesarios para que exista la creación poética.
Y al referirme a la forma, no pienso en las rígidas estructuras estéticas de un determinado tiempo y lugar, sino al modo apropiado en que debe expresarse lo elevado, que debe ser también elevado, aunque como es natural, no se haga siempre del mismo modo.
Pero nada de eso es posible sin un espíritu acorde.

La poesía es maldita, cuando responde a una cosmovisión contraria al actual sentido del mundo, cuando sus símbolos expresan una militancia superior, una gran lucha, no del hombre abstracto, o del mero animal numérico, que no puede llevarla a cabo por estar fuera de sus posibilidades, sino del hombre superior, con un espíritu elevado, con una personalidad, orgánico al orden político justo que garantiza su identidad, su pertenencia, a través del cual, su alma inmortal se relaciona con el universo desde su morada terrena.

En ese sentido, nuestros poetas, responderán siempre al arquetipo del poeta guerrero, porque son parte de una lucha que es en sí misma poética. No existe entre el simbolismo trascendental del poema y la acción combatiente de la espada, más que una distinción de forma. Animadas ambas por un espíritu elevado, orgánico, cercano al núcleo más denso de la luz, de la comprensión, y de la acción.

El poeta sólo puede compartir su destino con los de su clase, que pueden no ser otros poetas, pero deben llevar en su conciencia, la dimensión poética de las cosas.
Cuando un movimiento político representa algo trascendental, busca naturalmente integrarse, encontrarse con esa dimensión. Ella le dará palabras a su espíritu, un verdadero nombre, una verdadera voz. Entonces, por más que el sistema los cubra con capas y capas de anonimato, los símbolos poéticos se trasmitirán, de espíritu a espíritu, mientras queden hombres habitando una misma patria espiritual, con una identidad y un alma, con una esencia primordial que los identifique, y los remita a un territorio más allá de lo cotidiano, de lo que propone el vacío, la nivelación, la carrera hacia la angustia, mediante una lógica falsa.

La poesía no es para el infrahombre, sino para el superhombre, es para el habitante de una nación mítica, primordial, más allá del vacío cotidiano. La poesía expresa mediante símbolos, los caminos del otro lado de las cosas. Es un mapa trazado por hombres que asumen la militancia otorgada por los dioses, y que en ocasiones, se torna insoportablemente solitaria.
Acaso la imagen más clara de lo antedicho, sea Ezra Pound, encerrado en su jaula de hierro rumbo al neuropsiquiátrico, siendo posiblemente el más cuerdo de todos nosotros. Posiblemente el único cuerdo.

No es la cantidad de lectores ni la publicidad lo que hace un poeta, sino la capacidad de expresar una realidad superior, que perdura mientras existe el continente mítico al que pertenece su estética.
El alma ejerce así su dominio y aspira a permanecer, a justificar su paso por el mundo, su pertenencia al supramundo. Esa conciencia, es lo que diferencia a los hombres superiores, y a veces los convierte en líderes, en héroes, en santos, en poetas. Esa dirección vertical nos coloca en un eje ascendente de conciencia, y nos lleva a vivir lo auténtico, lo elevado, lo trascendental, lo sagrado.
Para esos hombres escribe un poeta, para esos, y para ningún otro.

1 de julio de 2008

Sobre la Marcha pasada de los Homosexuales.

Sobre la Marcha pasada de los Homosexuales.
Por: Marcelo Escalera.


Se vuelve a repetir un evento digno de mencionar por lo que representa, la decadencia de un mundo que esta mal y cada vez empeora, un mundo que no nos gusta, con el que no nos identificamos: un mundo que, carente de valores identidad y belleza, sólo aspira a nutrirse y entretenerse, mientras lo sume todo en el sinsentido, es la "muerte del espíritu": la destrucción del arte y la belleza, la descerebración de nuestros jóvenes a manos de un sistema educativo perverso, los múltiples engaños históricos impregnados en nuestro imaginario colectivo, la estupidez mediática y publicitaria, los ataques que sufre el medio ambiente, la pérdida de identidad tanto a nivel colectivo como a escala familiar…

Todo eso se puede resumir en el evento que se dio el domingo pasado, una marcha de los homosexuales, los autodenominados “Minoría Discriminada”, los siempre sufridos y perseguidos, la estrategia mas antigua del mundo hacerse la victima, autodenominarse minoría y “perseguido”, así hasta los victimarios se transforman en victimas, triste paradoja muy de moda en un mundo de hipócritas.

No es que la existencia de homosexuales sea algo malo de por si, no es el que quieran “derechos” o reconocimiento lo malo, si no el como pretenden conseguirlos, el como se arrogan virtudes de las cuales carecen o como se discriminan así mismos, se califican como grupo diferente y por eso exigen derechos diferentes, cosa absurda ya que ellos no son mas que una tendencia dentro de una sociedad, una tendencia que se puede manifestar sin necesidad de que marchen semidesnudos por la calles de la ciudad, sin necesidad de que cometan actos sexuales de forma publica, sin necesidad de que se autoridiculicen desfilando como un grupo de pervertidos, mas bien que como ciudadanos exigiendo algún tipo de reivindicación.

La homosexualidad es una tendencia sexual, eso más allá de ser correcto o no, de estar en desacuerdo o no, es una realidad, se puede estar a favor o en contra, medias tintas no es mas que hipocresía o irresponsabilidad, la homosexualidad lleva siglos presente en el mundo, y debería ser algo personal, algo privado y no una razón para estar exigiendo “derechos” o reconocimientos, una persona se debe reconocer así mismo primero y aceptarse antes de estar exigiéndole a los otros que lo acepten, las preferencias sexuales es algo personal, ¿para que mostrarlas en publico de forma obscena y desagradable?.

Pero es que todo eso no son mas que síntomas de una patología social, síntomas de un mundo que cada vez empeora, jóvenes sin identidad, jóvenes que se sienten defraudados por un mundo que heredan y no comprenden, un mundo de placeres sin limites, donde lo sexual en vez de ser una elección personal, debe ser una tendencia social, un mundo de sin sentidos donde los que exigen tolerancia odian a todo el que no este de acuerdo con el, donde el que expresa una idea políticamente incorrecta es silenciado en nombre de la libertad.