Nuestra tierra hispanoamericana, fue siempre tierra de sublevaciones. En su interior profundo, peninsulares o criollos levantiscos, se convirtieron en una resistencia heroica, obediente a una sangre antigua siempre sedienta de justicia, que sus orgullosas comunidades mantuvieron.
Esa tradición patriótica insurgente, fue en Argentina primero de los gauchos, luego de las milicias, y finalmente de los militantes nacionales y de algunos pocos oficiales, de un ejército que como profesional, respondía más al orden que lo había creado, que a sus tradiciones heroicas fundacionales.
No obstante, los últimos valientes de sus filas, hicieron justicia a la vieja resistencia, y se sublevaron el 9 de Junio de 1.956. Fueron fusilados. A ellos, está dedicado este texto.
Retirada.
Sé que esta ruta que me llevará a la muerte. Lo que aquí relato, es sólo la confusión de la agonía.
La niebla, cubre la orilla oscura del Río de la Plata. Asumo toda la responsabilidad de la derrota.
Marchamos por la franja de territorio, que va por el bajo hasta la Punta de Lara. En esta extensión, nos sentimos hasta hace poco protegidos, ficción que provenía sin duda, de identificar este espacio de terreno, con nuestros recuerdos más sagrados.
Hacia atrás, la bruma roja que cubre Buenos Aires, no deja ver la bandera del águila negra, que seguramente flamea todavía en la ciudad. Ese emblema transitó, en las pascuas de 1581, esta misma ruta, cuando el vizcaíno Juan De Garay, con treinta hombres, emprendió una de las tantas búsquedas de la ciudad de los Césares, volviendo al cabo de su travesía a la aldea de barro, con las manos vacías. De a poco se convencieron nuestros antepasados, que ese barro fértil sería su única riqueza.
La bermeja cruz de calatrava, que la rapaz aferra con su garra diestra, es el símbolo que cobija nuestra retirada, por las orillas del mar dulce de Solís.
Ya no hay contornos, el silencio impregna la humedad de la noche, los indescifrables días de nuestro destino, y la oscura inmensidad del Sur.
La niebla satura los objetos, e impide que el humo estacionado en la ciudad se desplace.
Como una inmensa fortaleza sitiada, Santa María de los Buenos Aires permanece, mortalmente quieta, en su cóncavo espacio de prisionero. Una vertiente de tiempos heroicos y olvidados, secretamente la alimenta y la mantiene viva, calmando su sed de símbolos ocultos y de mitos.
En los túneles, fantasmas de Patricios cortan nuevamente sus trenzas y las ocultan en los muros, para volver a buscarlas algún día, cuando vuelvan a la guerra verdadera.
Ellos cumplieron su custodia silente a través de los siglos; y nosotros los despertamos, con su coraje y sus símbolos intactos. Es nuestro honor haberlos despertado, y la persecución que sufrimos, tiene su origen, más en esa causa inconfesable, que en nuestras pobres acciones militares, a cuya derrota debemos esta retirada.
Expiaremos la sublevación, como el más antiguo pecado del Sur. Sublevarse una vez más, inútilmente, y emprender esta larga marcha de barrial y de estrellas.
Las botas de los hombres que llevan la camilla, pesadamente se despegan del barro. Transitamos caminos sumergidos.
Las estrellas acuosas, nacen y mueren en el cansancio de mis ojos.
Si pudiera atravesar la cerrazón que nos envuelve, iría a morir a la casa de mis abuelos, diez kilómetros en línea recta a la derecha. Pero no me fue dado, elegir el lugar para morir. Somos hombres del destierro, y morimos donde la muerte nos encuentre.
Recuerdo los relatos de otras sublevaciones, que escuchaba de niño, de boca de mis mayores.
En estas playas oscuras, en el barro primero, confluyen las muertes de todos los amotinados, dormidos bajo el cuerpo cónico y anchísimo del río.
Duerme en su agonía, nuestra capital vencida, donde los conquistadores esperaban ver surgir la nueva Roma, reconocemos ahora, el rostro de Cartago.
Sobre el río, siempre tan oscuramente triste, la luna parece más blanca. Sé que es la luna de la muerte
Sólo el silencio me habita la sangre.
El final se demora. Los fantasmas de los nuestros, forman un estado mayor revolucionario, e imprimen su dominio final a la materia. Una vasta tropa nos sigue: son los sublevados muertos a través de los años, en esta tierra de infinitas sublevaciones. Confieso el pecado mortal de no saber sus nombres. Me lo llevaré en la conciencia al otro mundo, como una culpa más pesada que la derrota.
El tiempo incuba las águilas muertas.
No doy más órdenes. El sacerdote me informa que ha amanecido. Ya no veo el sol.
Un fugaz reflejo negro de sotana me cruza el rostro: ese uniforme oscuro de los cristos, que para bien o para mal, acompañará la Patria hasta el final.
El cielo está azul en la eternidad del vacío.
Boca arriba, la humedad me devora. Ciclos inhumanos recomienzan cada hora.
He abierto los ojos y encontré los ojos de los míos. Esperan algo que ya no puedo darles. No quieren admitir que ven en mí, la fulgurante energía que precede a la muerte.
Los soldados fatigan con sus pasos el cangrejal, buscan los botes que escondimos en secreto tiempo atrás, sabiendo que toda acción, lleva en sí la posibilidad de la derrota.
Boca arriba, se enfrían los labios, y las moradas del tiempo nos atraviesan. Guerreros de harapos, desnudan el núcleo más profundo del Sur y su combate. Ellos son la Patria misma. Llevan en la sangre su herencia metafísica, y llevarán también en sus pasos el final.
Los símbolos se hunden en el barro. No hay por delante, mares azules ni columnas de granito. Solamente hombres que como Garay, deberán “abrir las puertas de la tierra” a nuestro imperio de barro.
Boca arriba la muerte se demora. Quiero ordenar lo necesario, pero no puedo decir las palabras adecuadas.
Las márgenes del alma, alcanzan la espuma negra del río.
Boca arriba, las imágenes inician un vuelo, que busca las corrientes de aire tibias, para elevarse como los pequeños halcones de la costa.
Oigo ráfagas de antiguos cantos, y manos ásperas me abrazan. Así se rompe el sólido silencio del Sudeste.
Mis manos, como raíces dormidas, yacen frías bajo la cruda helada. Mi corazón, también se hace de hielo. Sólo mis ojos conservan un poco de calor, y sostienen el alma casi desprendida.
La esencia de las horas sin contorno, llena las últimas tinieblas. Es el centro inmóvil del fuego y del vino.
Finalmente el sufrimiento me abandona... la luna ha salido roja sobre el río negro. Busco viejos nombres en la memoria.
Sólo un pensamiento persiste, como suspendido en el aire: Lo que llaman recuerdo, es sólo la demora del olvido.
Juan Pablo Vitali.